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Fragmento  -  en  español  -  de:

Cinco de  Mayo: ¿Qué celebran todo el mundo?

Capítulo  14

La  leyenda  de  Camarón

Quedarse sin municiones en un mal momento no había hecho más que elevar los niveles de ansiedad del general Forey. Forey se dio cuenta que la operación completa estaría en riesgo si no pudiese proveer a sus tropas de alimento y municiones. El comandante en jefe ya había destinado soldados destacados en Puebla para vigilar los furgones de tren, pero ahora tanto los bandidos – como los guerilleros – habían aumentado dramáticamente sus ataques sobre los convoyes.

Forey mandó llamar a la legion extranjera francesa. La que acaba de llegar al puerto de Veracruz.

Estaban acercándose al pequeño poblado de Camarón, que años después fué llamado Villa Tejeda, y posteriormente lo cambiaron nuevamente a Camarón de Tejeda, tal como se le conoce hoy en día.

La legión extranjera francesa había visto acción por primera vez durante la conquista de Francia sobre Argelia en 1831. Tras servir durante la guerra civil española en 1835, estuvo estacionada en el norte de África. Ahora, en la mañana del 30 de abril de 1863, la Tercera Compañía de la legión, bajo el mando del capitán Jean Danjou, escoltaba un importantísimo convoy que partía del puerto de Veracruz. Los carros llevaban municiones, artillería, alimentos, provisiones, y – lo más crítico – tres milliones de francos franceses en oro para pagar a las tropas en Puebla.

El contingente de Danjou consistía en sesenta y cuatro veteranos de guerra: alemanes, suizos, belgas, daneses, italianos y españoles, amén de los nativos franceses. Hombres que no temían a nada ni a nadie, y habían tomado el juramento de no rendirse nunca.

Entre 1,200 y 1,800 soldados mexicanos acechaban el convoy, dirigidos por el coronel Francisco de P. Milán. Tropas regulares de franceses guardaron al convoy mismo, pero el capitán Danjou marchaba adelante del contingente peinando la zona buscando posibles agresores en emboscada. Los oficiales que usualmente dirigirían esta unidad se encontraban hospitalizados debido a la fiebre amarilla, por lo tanto Danjou, los segundos tenientes Napoleón Vilain y Clemente Maudet, se ofrecieron como voluntarios para guiar este detalle.
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Cinco De Mayo

Pasaron por Camarón alrededor de las 6:30 de la mañana y se encontraban cocinando el desayuno cerca del lugar denominado Palo Verde a eso de las 7:00, cuando uno de sus centinelas localizó una nube de polvo a la distancia. Lo que sólo podría significar una sola cosa: un gran número de gente moviéndose a caballo. Rápidamente desenfundaron sus armas y corrieron hacía Camarón, sin detenerse a recoger sus cantimploras que estaban atadas a sus mulas y llenas de agua fresca. En Camarón, se toparon con que ya los esperaban cientos de mexicanos posicionados para atacar la caravana. El tiroteo comenzó entonces.

El convoy fue alertado y se volvió sobre sus pasos, afortunadamente escaparaon a la emboscada, pero las mulas de los legionarios también espantadas huyeron sin dirección ante el tronar de las armas, llevándose con ellas todo el agua y las municiones. Para las 8:00 de la mañana, unos pocos legionarios habían ya sido heridos. Danjou ordenó a su unidad guarecerse en un granero, pero los mexicanos no perdieron tiempo en pertrecharse en una granja cercana, disparando desde la segunda planta a los legionarios sitiados.

El coronel mexicano Milán, dándose cuenta que la caballerïa no sería de mucha ayuda en la toma del granero, comenzó a rodearlo con la infantería. Tras de algunas horas, nada había cambiado significativamente. El coronel halló a un oficial mexicano de ascendencia francesa de entre su gente, enviando al capitán Ramón Lainé enarbolando una bandera blanca de tregua para ver si era posible negociar la rendición.

No surtió efecto alguno.

El capitán Danjou dijo que se tenía suficientes municiones y que se mantendrían en pie de lucha.

Para entonces, los mexicanos habían ya rodeado el granero y se encontraban disparando desde todos los puntos posibles. Era un día caluroso, y los legionarios, desde adentro del granjero, se dieron cuenta de que las cantimploras que llevaban al cuerpo estaban llenas de vino y no de agua. Las que contenían agua estaban atadas a las mulas que habían huido en cuanto comenzó el zafarrancho. Se avizoraba una larga tarde.

Aunque los mexicanos tenían una obvia superiordad numérica, los legionarios tenían la ventaja de su adiestramiento y del calibre de sus armas. Muchos de los mexicanos pertenecían al tipo “guardia nacional.” Habían dejado sus ranchos y pequeños negocios tan sólo unos días antes para ayudar a defender el país, mientras que los legionarios estaban muy bien acostumbrados al sonido de los disparos y altamente experimentados en las artes de guerra. Los mexicanos contaban mosquetones y perdigones, que expulsaban tal cantidad de humo que usualmente no se podía ver a qué se disparaba. Los legionarios en cambio contaban con rifles de percusión y perdigones puntiagudos llamadas “balas,” lo que les permitía ver perfectamente hacia donde apuntaban.

A pesar en toda su superioridad técnica, los legionarios peleaban una batalla perdida. El capitán Danjou y el teniente Vilain habían caido muertos antes del medio día, y el mando recaía ahora sobre el teniente Maudet de ahí en adelante. Dentro del granero, las cosas iban de mal en peor. Las municiones se agotaban debido a que el resto de ellas habían desaparecido con las mulas. Los mexicanos mantenían la carga sobre el granero, y aunque eran repelidos en cada intento, cada vez cobraban la vida de uno o dos legionarios más. Para las 5:00 PM, los legionarios habían ya recuperado todas las municiones de los cuerpos inertes de sus camaradas.

Los mexicanos sabían que la victoria estaba de su lado, pero también sabían que los legionarios restantes pelearían hasta la muerte. Prenden entonces fuego a un manojo de paja arrojándolo al interior del granero, esperando dar con ello por concluida la acción. Los legionarios sólo tuverieron que apagar a pisotones las antorchas que eran arrojadas y continuar disparando a través del humo.

Para las 6:00 PM, solo Maudet y cuatro de sus legionarios estaba aún con vida. Cada hombre tenía solo una ronda más de municiones. El teniente tenía que tomar una decisión.

“Carguen,” ordenó. “Síganme y disparen a mi orden. Terminaremos esto con nuestras bayonetas.”

Tendría que ser una carga suicida.

El comandante mexicano, Coronel Milán, ordenó a sus tropas cesar el fuego. Los cinco legionarios fueron capturados tras de una breve lucha cuerpo a cuerpo, pero el teniente Maudet y uno de sus hombres murieron al poco tiempo debido a las heridas recibidas. Los restantes tres fueron hospitalizados junto con los mexicanos heridos.

Los franceses regresarían más tarde a levantar un monumento en la escena de la batalla. Por muchos años, miembros de la legión extranjera volverían precisamente cada 30 de abril a Camarón de Tejeda para honrar el coraje de sus héroes caídos. El suceso permanece aún como la más sensible derrota de la historia de la Legión Extranjera.

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